Mandanga De La Buena

Tímida e imperceptiblemente, Zaragoza va despertando de su eterno sopor: Nuevos locales y nuevos negocios, a la altura de otras capitales europeas, van apareciendo en tierras mañas.

¿Serán estos los brotes verdes de los que hablaba «aquel»?

Hacía días que veía como Antílope cebaba en su Facebook y nos ponía los dientes largos… ¿Qué iba a ser eso de Mandanga de la Buena? ¿Una cafetería para ir a jugar a la brisca? ¿Un restaurante de aires, espumas y esferificaciones? ¿Un bar electrolatino?… Ya imaginaba que ninguna de estas locas teorías iba bien encaminada, conociendo los negocios anteriores de este hostelero/músico de nuestra ciudad.

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Así que cuando se planteó la posibilidad de conocer el negocio de cerca, el día de su inauguración, allí que nos fuimos con ansias y espasmos (cosas del frío de ese día). Nada más entrar, me sorprendió el cambio de 180º sufrido por el local: cualqueira que conociera el local anterior, el Tierra Maña, sufrirá todo tipo de impactos oculares y estimulaciones amigdálicas… para bien…

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El local se divide, cómo muy bien se anuncia, en tres espacios: la planta superior, una barra muy bien surtida de tapeo, copas y alimentada con muy buena música; la planta intermedia, o entreplanta, que dá cabida a un restaurante pic-nic con cocina vista; y la zona inferior, que ellos denominan ¡Salou!, un chiringo de playa en toda regla, con su arena, sus copas y neones.

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Todos los espacios decorados impecablemente con un estilo hortera de bolera que a mi me ha calado hasta lo más profundo de mi corazón, combinando papeles pintados de pavo real, dorados, neones, brillos y colorinchis… Lo dicho, puro love estimulando tus sentidos.

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Ese mismo día el espacio ya me enamoró, me pareció fresco, divertido, irreverente y transgresor para lo que nuestra ciudad nos tiene acostumbrados y tuve la suerte de estar hablando un buen rato con la jefa de sala del restaurante, Lorena, que me acabó de convencer para que probase el restaurante… ¿comer con las manos? ¿restaurante pic-nic? A la semana siguiente ya tenía reserva…

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Nada más sentarnos, manteles de cuadritos Vichí y paneras colgando sobre nuestras cabezas, ya nos llamaron la atención. Entrega de carta y avisos… No hay platos, ni cubiertos… se bebe en porrón #WTF? las risas siguieron a la cara de susto de algunos comensales.

La carta se divide en cuatro menús «de degustación» que se denominan «Japy Mil», cada uno de ellos presentado en una caja comunitaria (todos los comensales de la mesa tienen que elegir uno de los menús) siendo uno de carne, otro de pescado y marisco, uno vegetariano y el último un «cajón desastre» con un poco de todo. Además, cada caja va acompañada por 3 salsas diferentes, para mojar a placer.

Además a estos menús, puedes añadir platos sueltos y una carta de postres.

Nosotros nos decantamos por la caja carnívora… y he de reconocer que no me defraudó… Divertida presentación y sabores muy sabrosos que podías combinar a gusto con las salsas servidas. De los platos servidos, mi favorito, la costilla de vaca asada y lacada con regaliz de palo, aunque no hubo nada que no me gustase…

Y de postre, «Pastel Toblerone»… cosas de ir al útimo servicio es que la peña había arramplado con todos los postres y sólo les quedaba ese, aunque si eres fan de los postres de chocolate, no te pidas otro.

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Una experiencia sobrosa y divertida y que espero repetir pronto para probar el resto de «Japy Mils».

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